Por: Nelson Armesto Echavez
Creo que eran como las diez de la mañana del día Viernes, sus figuras eran inconfundibles, sí, eran ellos: Victor Manuel Velásquez, Jaime Corrales Bula, Fabio Fernando Meza y María Victoria Correa. Lucían un poco cansados. El viaje de Medellín a Valledupar fue largo y extenuante.
Vicky pidió bolsas durante el viaje, el mareo la golpeó muy fuerte; pero llegaron sanos y salvos y eso es lo importante. Enseguida me preguntaron si ya me había visto con Ramón Martínez, pues según ellos, Ubaldo Valdelamar les había dicho que habían quedado en encontrarse debajo del tradicional palo de mango de la vieja Plaza “Alfonso Lòpez”, ya que ahí también los esperarían Reinita, El Juglar y Negrita. Y sí, efectivamente estaban ahí, esperándonos, con mucha alegría,… no era para menos, por primera vez se reunían algunos de los miembros más destacados de una familia apellidada ParrandaVallenata.com. 
Después que con agua, jabón y ropa limpia nos sacamos el cansancio del viaje que nos llevó a Valledupar desde diferentes regiones del país, nos fuimos para el gran parque de “La Leyenda Vallenata”. Le pedimos a Jaime que no lo hiciera; pero no se aguantó y lo hizo… Le brindó un gran saludo al festival al mismo tiempo que Fabio Fernando, elogió el folclórico concurso. Negrita, Reinita y Vicky, no salían del asombro que produce el haber pisado tierras del viejo Valledupar.
Acordeoneros iban, acordeoneros venían. Víctor estrechó la mano del Rey Vallenato Beto Villa, quien nos dijo estar preparado para dar la pelea en la final. Vimos a Julio Rojas, mi gran favorito; pero no lo saludamos ya que tuvimos que abrirnos paso entre la multitud para esquivar un enjambre de políticos que aparecen en esta época en la tierra de Chipuco ofreciendo lo que no tienen. Jaime aprovechó para subir a la tarima “Consuelo Araujo” y brindar un gran abrazo parrandero a un gran amigo de él, sincero y grato. Crea que era a un turco.
Teníamos muchas expectativas de lo que pudiera ocurrir en Valledupar; pero también queríamos saborerar algo de acordeón en el Valle de los Reyes. Los invité para donde TINA Pumarejo; pero Ubaldo no quería irse, estaba pendiente de la canción inédita, que en pro de un galardón elogiaría a las mujeres. Fabio Fernando le acolitó, dijo que también quería escuchar algunos sones viejos que le recordaran alguna canción sentimental de Tobías Pumarejo, aquellas que Tobías cantaba en sus parrandas con Roberto Pavajeov, ya que después pensaba escribir un bonito cuento para brindarle un abrazo magdalenense y guajiro al pueblo vallenato. Decidimos quedarnos un rato más para buscar en pleno festival a unos amigos nuestros, a Enrique Caba, a Tobía Daza y a Darío Pavajeouv; pero no los encontramos. De ellos no dan razón en Valledupar.
Frustrados de buscar y no encontrarlos, decidimos al fin irnos para donde TINA Pumarejo, a participar de una gran parranda vallenata con Jorge Oñate, Adán Montero y Colacho Mendoza, porque sabíamos que también estaban Poncho Cotes y el pintor Molina, que son grandes valores de la tierra de Pedro Castro. La pasamos de maravilla. Ramón Martínez y El Juglar, comieron hasta decir ya no más. Reinita, Negrita y Vicky, fueron la atracción en la parranda, y era verdad, no había otras mujeres más bellas que ellas ahí; pero eso no les daba derecho a que nos ignoraran toda la noche a Jaime, a Victor y a mí.
Por la mañana el guayabo fue intenso, pero nos fuimos para el parqu
e de la Leyenda Vallenata, ya que precisamente comenzaba el concurso de la piquería y yo hacía parte de esa final, por eso la emoción no cupo en mi pecho cuando llamaron al verseador que yo más he admirado en toda la historia del Festival, Luis Mario Oñate, para que hiciera pareja conmigo en la gran final.Todo Valledupar aclamaba merecidamente a Luis Mario como Rey de la Piquería; pero había un grupo que para mi valía más que cualquiera en la plaza, eran Victor, El Juglar, Jaime, Reinita, Ramón, Ubaldo, Negrita, Vicky y Fabio Fernando, quienes aplaudían cada uno de mis versos coreando seguidamente mi nombre: ¡Nelson!, ¡Nelson!, ¡Nelson!. Ese nombre penetró tanto en mis oídos trayéndome a la realidad, era la voz de María Eugenia, mi esposa y compañera cansada de llamarme para que me fuera a trabajar. La miré, sonreí y observé que de la botella de Nectar que empecé a tomarme en la noche, aún quedaban cuatro dedos y que el equipo seguía sonando la canción que había programado toda la noche “Abrazo Guajiro” pensando que este año por cosas del destino, no puedo ir al festival.

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